Aunque hoy se convocó a marchar mañana (viernes 1 de junio) desde la redoma de la India, hasta la sede de la Asamblea Nacional, la caminata aún (jueves 31 de mayo, 8:30 pm) no ha recibido el permiso respectivo del ministerio de Interior y Justicia.
Existen dos posibilidades: Que se reprograme la marcha... o que los estudiantes se peguen a la marcha de "los cuerpazos", vale decir, de las artista de tv que mañana viernes caminarán hasta la OEA...
jueves, 31 de mayo de 2007
Comunicado de la UCAB sobre el asesinato de la estudiante Andreína Gómez Guevara
La Universidad Católica Andrés Bello informa que la estudiante de 5to año de Sociologia de esta casa de estudios, Andreína María Gómez Guevara, venía esta mañana a la Ucab para entregarle la parte final de su tesis a su tutora. La tesista Gómez Guevara fue asesinada cerca de la estación de Servicio de Montalbán 3 por una pareja de motorizados que dispararon a mansalva contra su vehículo.
La Ucab siente la pérdida de esta joven universitaria que se formó en sus aulas y que fue becatrabajo del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. También quiere dejar claro que su muerte no tiene relación alguna con las movilizaciones estudiantiles que han sucedido en el país.
La Universidad siente la pérdida de otro joven que es asesinado, como sucede a diario, por la situacion de inseguridad que reina en Venezuela.
------------------------------------
Maria Fernanda Mujica Ricardo
Directora de Prensa y Publicidad UCAB
mmujica@ucab.edu.ve
Telf. (0212) 407.43.18
Telefax. (0212) 407.43.58
La Ucab siente la pérdida de esta joven universitaria que se formó en sus aulas y que fue becatrabajo del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. También quiere dejar claro que su muerte no tiene relación alguna con las movilizaciones estudiantiles que han sucedido en el país.
La Universidad siente la pérdida de otro joven que es asesinado, como sucede a diario, por la situacion de inseguridad que reina en Venezuela.
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Maria Fernanda Mujica Ricardo
Directora de Prensa y Publicidad UCAB
mmujica@ucab.edu.ve
Telf. (0212) 407.43.18
Telefax. (0212) 407.43.58
*No son políticos, solo estudiantes
Segundo día de exámenes finales. Si el martes la nota fue "aceptable" a causa de las protestas en la entrada de Las Mercedes, ayer los estudiantes universitarios -y algunos liceístas- aprobaron su asignación con un "sobresaliente". No sólo lograron marchar desde la plaza Brion, en Chacaíto, hasta las cercanías de la plaza Morelos para entregar en la Defensoría del Pueblo su pliego de peticiones, sino que resistieron las provocaciones de un grupo de motorizados identificados con chaquetas de la Alcaldía de Libertador.No llovió en esta oportunidad y los villanos del último día -los efectivos de la Policía Metropolitana- culminaron vitoreados por los universitarios, que a pesar de estar temerosos por el despliegue inusitado de 500 efectivos -entre policías y militares- supieron agradecer la actuación oportuna de los hombres de azul para disipar la amenaza de violencia que llevó el grupo de motorizados.
Los políticos tradicionales continúan sin atreverse a fotografiarse con los integrantes de un movimiento que se autocalifica -así lo hicieron saber a la defensora delegada del Área Metropolitana de Caracas, Reina Morandi- como apolítico. No obstante, ayer dos de ellos intentaron colearse: Pablo Medina, a la altura del centro Solano y "Er Conde" del Guácharo en Maripérez.
Los ocupantes de un edificio gubernamental -de reciente adquisición- no quisieron colearse como Medina o Rausseo. Simplemente abrieron todas las ventanas -entre los pisos 5 y 16- para respaldar la iniciativa. Hasta ese punto llegó la marcha. Hasta la sede de Cantv. Y ahí permaneció, arropado por los gritos de apoyo de los empleados de la telefónica.
Sin más contratiempos que el vuelo constante de los helicópteros de la Disip y la PM, una representación de los estudiantes de la UCAB, USM, USB, UCV, UMA, Unimet y UC Santa Rosa caminó hasta la Defensoría para entregar su manifiesto. En él se puede leer: "Reclamamos al poder que nos deje existir en libertad. Exigimos del poder que reconozca la legitimidad y fuerza del movimiento estudiantil venezolano y que se abstenga de ejercer contra sus representantes y miembros acciones intimidatorias o manifestaciones violatorias de nuestros derechos". Los estudiantes pidieron a las autoridades policiales y militares que se abstengan de usar armas de fuego y sustancias tóxicas para el control de las manifestaciones y catalogaron como "infundadas" "las críticas de altos funcionarios que valiéndose de su posición reiteran que las manifestaciones tienen carácter político y son parte de un plan desestabilizador de la CIA". Cumplido el objetivo la marcha regresó. Y como sucedió en la ida, los habitantes de los edificios cercanos a las avenidas Casanova y Libertador cambiaron la historia. Entre los años 2000 y 2003 pitaron cualquier marcha en contra del Gobierno. La realidad ahora es otra. Las ventanas se abren para expresar apoyo. Durante todo el recorrido sólo se observó una bandera "roja, rojita". Desde Pdvsa se intentó confrontar a la marcha. "Pueblo, madura, esto es dictadura", fue la respuesta.
¿Y hoy? La metodología se mantiene. Todos deben acudir a sus universidades para esperar -vía SMS- la confirmación de la próxima actividad.
*Texto escrito para el diario El Universal, para su edición del miércoles 31 de mayo.
miércoles, 30 de mayo de 2007
*Hasta la OEA marcharon...
No fue necesaria una gran tarima. Tampoco un liderazgo definido ni elegido por las bases. Bastaron y sobraron los mensajes de textos de los celulares y el correo electrónico para lograr el cometido.
A las 11:00 am comenzaron a llegar al punto de reunión. La mayoría con sus brazos "tatuados" temporalmente con el nombre de su universidad. Estudiantes de la UCV, UCAB, Unimet, USM, Monteávila, Santa Rosa y hasta la Unefa acudieron a la cita. La plaza Brion de Chacaíto se fue llenando de gente, de estudiantes universitarios y algunos liceístas.
No fue necesario un gran despliegue, no fueron necesarios los rostros de los políticos tradicionales, la masa era la que decidía. Y poco a poco fueron decidiendo salir de la plaza, para ir a la calle. Para enfilar a la urbanización Las Mercedes.
El mensaje, el propósito de la marcha estaba muy claro: "llegar en forma pacífica a la sede de la OEA". Y el cometido se cumplió, a pesar de que los efectivos de la Policía Metropolitana se encargaron de sembrar la zozobra con varios cordones de seguridad.
No obstante, la lección del día anterior se aprendió con honores. Ante cualquier intento de provocación, la respuesta de la masa de estudiantes fue contundente: todos, sin excepción, se sentaban en el piso y alertaban: 'el que no se agache es porque es chavista".
A pesar de los lugares comunes, las consignas de la masa evolucionaron, tal vez como respuesta a los que critican argumentando que las consignas estudiantiles siempre son iguales. En realidad, no se dejó de escuchar el sempiterno "este gobierno va a caer", sólo que ahora estuvo acompañado de fra- ses contra Gustavo Cisneros, "por vender a Venevisión al Gobierno".
Sin contratiempos se llegó a la sede de la OEA, para exigir al organismo que se pronuncie perentoriamente sobre el derecho de los estudiantes venezolanos a protestar pacíficamente, a la vez que solicitaron se recrimine la actuación de los cuerpos de seguridad del Estado.
Y comenzó a llover. Lo que años atrás hubiese servido para romper la concentración, en esta oportunidad la cohesionó. Bajo la lluvia se caminó de regreso a la plaza Brion. Y bajo la lluvia se planificaron las acciones de los próximos días.
A las 3:00 pm la tranquilidad de la concentración volvió a ser interrumpida por la lluvia, en esta ocasión de perdigones y bombas lacrimógenas que caían sobre los estudiantes que intentaban pasar desde El Rosal hasta Las Mercedes. Una vez más la lluvia no sirvió para disolver la concentración. Con más ímpetu regresaron los estudiantes a demostrar que su protesta era pacífica. Unos pocos decidieron enfrentar a la Policía Metropolitana con piedras, pero la mayoría, aún sin disiparse el gas lacrimógeno, prefirió mantenerse firme, enfrente del cordón policial, para recriminar con cánticos de todo tipo el despliegue y abuso de autoridad.
Mientras cantaban, la Guardia Nacional detuvo a cinco estudiantes. La masa no se percató de ello. Volvió a arreciar la lluvia, y la convicción de los estudiantes aumentó. Cual ejército con años de entrenamiento, formaron su propia línea de defensa. Línea que se encargaba de mantener el orden y que nadie la traspasara. Sus escudos eran sólo sus cánticos y algunas pancartas. A escasos 50 metros, un contingente de 70 PM los esperaban y les impedían el paso a Las Mercedes.
Por dos horas los estudiantes atacaron a los policías. Los atacaron cantando, pidiendo respeto por la libertad de expresión. Y en esta oportunidad la sutileza de los cantos triunfó. El cordón cedió y los universitarios ganaron su primera batalla.
*Texto originalmente escrito para el diario El Universal. Edición del miércoles 30 de mayo.
A las 11:00 am comenzaron a llegar al punto de reunión. La mayoría con sus brazos "tatuados" temporalmente con el nombre de su universidad. Estudiantes de la UCV, UCAB, Unimet, USM, Monteávila, Santa Rosa y hasta la Unefa acudieron a la cita. La plaza Brion de Chacaíto se fue llenando de gente, de estudiantes universitarios y algunos liceístas.
No fue necesario un gran despliegue, no fueron necesarios los rostros de los políticos tradicionales, la masa era la que decidía. Y poco a poco fueron decidiendo salir de la plaza, para ir a la calle. Para enfilar a la urbanización Las Mercedes.
El mensaje, el propósito de la marcha estaba muy claro: "llegar en forma pacífica a la sede de la OEA". Y el cometido se cumplió, a pesar de que los efectivos de la Policía Metropolitana se encargaron de sembrar la zozobra con varios cordones de seguridad.
No obstante, la lección del día anterior se aprendió con honores. Ante cualquier intento de provocación, la respuesta de la masa de estudiantes fue contundente: todos, sin excepción, se sentaban en el piso y alertaban: 'el que no se agache es porque es chavista".
A pesar de los lugares comunes, las consignas de la masa evolucionaron, tal vez como respuesta a los que critican argumentando que las consignas estudiantiles siempre son iguales. En realidad, no se dejó de escuchar el sempiterno "este gobierno va a caer", sólo que ahora estuvo acompañado de fra- ses contra Gustavo Cisneros, "por vender a Venevisión al Gobierno".
Sin contratiempos se llegó a la sede de la OEA, para exigir al organismo que se pronuncie perentoriamente sobre el derecho de los estudiantes venezolanos a protestar pacíficamente, a la vez que solicitaron se recrimine la actuación de los cuerpos de seguridad del Estado.
Y comenzó a llover. Lo que años atrás hubiese servido para romper la concentración, en esta oportunidad la cohesionó. Bajo la lluvia se caminó de regreso a la plaza Brion. Y bajo la lluvia se planificaron las acciones de los próximos días.
A las 3:00 pm la tranquilidad de la concentración volvió a ser interrumpida por la lluvia, en esta ocasión de perdigones y bombas lacrimógenas que caían sobre los estudiantes que intentaban pasar desde El Rosal hasta Las Mercedes. Una vez más la lluvia no sirvió para disolver la concentración. Con más ímpetu regresaron los estudiantes a demostrar que su protesta era pacífica. Unos pocos decidieron enfrentar a la Policía Metropolitana con piedras, pero la mayoría, aún sin disiparse el gas lacrimógeno, prefirió mantenerse firme, enfrente del cordón policial, para recriminar con cánticos de todo tipo el despliegue y abuso de autoridad.
Mientras cantaban, la Guardia Nacional detuvo a cinco estudiantes. La masa no se percató de ello. Volvió a arreciar la lluvia, y la convicción de los estudiantes aumentó. Cual ejército con años de entrenamiento, formaron su propia línea de defensa. Línea que se encargaba de mantener el orden y que nadie la traspasara. Sus escudos eran sólo sus cánticos y algunas pancartas. A escasos 50 metros, un contingente de 70 PM los esperaban y les impedían el paso a Las Mercedes.
Por dos horas los estudiantes atacaron a los policías. Los atacaron cantando, pidiendo respeto por la libertad de expresión. Y en esta oportunidad la sutileza de los cantos triunfó. El cordón cedió y los universitarios ganaron su primera batalla.
*Texto originalmente escrito para el diario El Universal. Edición del miércoles 30 de mayo.
sábado, 26 de mayo de 2007
Una buena reflexión, en el momento más oportuno...
Estaba escrito. RCTV sale del aire. Viendo las cosas más allá de las limitaciones a la libertad de expresión e información y el accionar de instituciones carentes de autonomía, hay algo que me preocupa sobremanera: las nuevas generaciones de periodistas venezolanos. El ejercicio de la profesión se ha convertido lamentablemente en asunto de definiciones y subsistencia. De que lado estás y cómo te ganas el sueldo.
Entiendo el periodismo como un contrapeso al poder, cualquiera sea su naturaleza. Además de informar, educar, y por qué no, entretener, el periodista debe mantener distancia de las presiones e influencias para usar argumentos, pruebas y una mente abierta que le permitan analizar la noticia desde todos sus ángulos. Su trabajo es comunicar no solo aquello que sincronice con sus creencias, sino contrastar y consultar diversas fuentes para completar el panorama.
Por ello me preocupa ver periodistas que hacen oposición comprando cualquier rumor para generar opinión sin antes verificarlo, basando sus informaciones en especulaciones y no en hechos. Periodistas convertidos en actores políticos dispuestos a manipular la información. Comunicadores rehenes de un público que espera de ellos posiciones antes que noticias.
Pero mucho más me preocupan los periodistas oficiales convertidos en multiplicadores del discurso gubernamental, incapaces de contradecir al vocero ministerial, dispuestos a asentir en lugar de interrogar. Comunicadores con una agenda política que utilizan la crítica de forma selectiva y denuncian los desmanes de un sector mientras callan los abusos del otro, defendiendo los errores del presente enumerando los del pasado. Periodistas que están al servicio de una causa y no del público o la profesión.
¿Qué clase de periodista es cada uno? Con un canal fuera del aire, la pregunta es pertinente. La respuesta podemos reservarla para la almohada, pero sin olvidar que cada mañana salimos a darle la cara a un público.
¿Es un trabajo independiente, ético, responsable? ¿Ejercemos para informar o para cobrar un sueldo? No estoy libre de pecado y tampoco pienso tirar la primera piedra.
Con un canal fuera del aire debemos pensar que está en juego nuestro futuro profesional. Si en estos momentos obramos por intereses, miedos o prejuicios llegará el día cuando tengamos que callar. Unos por censura, algunos por descrédito y otros por haber vendido la conciencia.
Entiendo el periodismo como un contrapeso al poder, cualquiera sea su naturaleza. Además de informar, educar, y por qué no, entretener, el periodista debe mantener distancia de las presiones e influencias para usar argumentos, pruebas y una mente abierta que le permitan analizar la noticia desde todos sus ángulos. Su trabajo es comunicar no solo aquello que sincronice con sus creencias, sino contrastar y consultar diversas fuentes para completar el panorama.
Por ello me preocupa ver periodistas que hacen oposición comprando cualquier rumor para generar opinión sin antes verificarlo, basando sus informaciones en especulaciones y no en hechos. Periodistas convertidos en actores políticos dispuestos a manipular la información. Comunicadores rehenes de un público que espera de ellos posiciones antes que noticias.
Pero mucho más me preocupan los periodistas oficiales convertidos en multiplicadores del discurso gubernamental, incapaces de contradecir al vocero ministerial, dispuestos a asentir en lugar de interrogar. Comunicadores con una agenda política que utilizan la crítica de forma selectiva y denuncian los desmanes de un sector mientras callan los abusos del otro, defendiendo los errores del presente enumerando los del pasado. Periodistas que están al servicio de una causa y no del público o la profesión.
¿Qué clase de periodista es cada uno? Con un canal fuera del aire, la pregunta es pertinente. La respuesta podemos reservarla para la almohada, pero sin olvidar que cada mañana salimos a darle la cara a un público.
¿Es un trabajo independiente, ético, responsable? ¿Ejercemos para informar o para cobrar un sueldo? No estoy libre de pecado y tampoco pienso tirar la primera piedra.
Con un canal fuera del aire debemos pensar que está en juego nuestro futuro profesional. Si en estos momentos obramos por intereses, miedos o prejuicios llegará el día cuando tengamos que callar. Unos por censura, algunos por descrédito y otros por haber vendido la conciencia.
lunes, 21 de mayo de 2007
La cofradía del minuto 90

Y el Real Madrid mantuvo el liderato con otro triunfo agónico, de esos triunfos que hacen afición (para usar el lugar común) Si termina como campeón -realmente me parece que el calendario de Sevilla y Barcelona es más sencillo- se recordará este título por las remontadas en el minuto 90, a punto del pitido final.
Por mal que juegue, y a pesar de mi desagrado con el capelismo, la sutileza de mis palabras debe comenzar a rendirse ante la frialdad de los números. Este Madrid, por feo que juegue, es el Madrid más eficaz de la historia fuera del Santiago Bernabúe: tiene mejores números que el equipo de la temporada 60-61 (en donde jugaban Puzkas, Di Stefano, Gento, etc) y aún mejores que el Madrid de la Quinta del Buitre de la temporada 85-86. Es obvio que si se termina campeón, con estos números, habrá que redimir el mancillado nombre de Capello. No obstante, por lo momentos, lo sigo criticando, especialmente por mantener en el último partido a Raúl arrastrándose por el campo. Afortundamente para él -y por extensión para el Madridismo- aparecieron el pipita Higuain, Gago y Roberto Carlos...
lunes, 14 de mayo de 2007
domingo, 13 de mayo de 2007
¡¡¡EL REAL MADRID ES LIDER!!!
Y el Real Madrid es líder. Después de año y medio ocupando cualquier puesto en la tabla de clasificación regresó al lugar que le corresponde por historia. No obstante, no lo hace por ser el mejor equipo, o por deleitar con el mejor juego, llega al liderato -compartido con el Barcelona en punto, pero no en diferencia de goles- por ser el menos malo de los equipos que disputan la liga.
Es evidente que a estas alturas las críticas contra Capello surten poco efecto. Tiene al equipo a cuatro partidos de volver a ganar la liga, a Van Nistelroy ocupando el primer lugar de la tabla de goleadores y al conjunto ostentando la mejor marca de la historia fuera del Santiago Bernabéu... y eso es mucho decir, si se considera la temporada tan mala que hemos vivido los madridistas. Sin embargo, lamento en el alma que el triunfo se fundamente en los errores de los otros... Aún así, como disfruté del empate entre el Barcelona y el Sevilla... y como me deleité con la remontada del Madrid frente al Español, una de esas remontadas que hacen afición y que engalanan la historia blanca.
A pesar de las formas...enhorabuena por el liderato.
sábado, 5 de mayo de 2007
Las paranoias del nuevo rico...
*Las paranoias del nuevo rico
En la vidriera de Dolce / Gabanna hay carteras pequeñas, de piel, a 800 euros. A unos metros, en la vereda, un marroquí vende unas idénticas por 15. Como las carteritas de dentro y las de fuera tienen el mismo color, el mismo diseño y el mismo logo, por la tarde llega la policía. En un mundo sensato meterían preso al vendedor que no tiene escrúpulos. En este mundo, en cambio, se llevan esposado al marroquí, por molestar a los nuevos ricos con una realidad escandalosa: el verdadero precio de las carteras.
A los millonarios de toda la vida les importa un pito que la gente de a pie, la gente común, compre falsos Rolex y falsos Ray Ban y complementos falsos de Armani. Ellos están en otra nube, viven en el limbo de los que consumen productos imposibles de falsificar. Mientras no haya vendedor ambulante capaz de imitar un yate, ni un chalet en la Costa Azul con catorce baños, los verdaderos ricos estarán tranquilos. No son ellos los que llaman a la policía para que apresen al marroquí que vende carteras. Entonces, ¿quién llama a la policía?
En España está ocurriendo un fenómeno singular (en Rusia dicen que también, pero yo solamente vivo en España). Aquí, en España, hay mucha gente que se está haciendo rica de golpe y porrazo. Se trata de ricos sin pedigrí, millonarios de sopetón, gente que no ha tenido una familia poderosa en el pasado ni una educación ricachona desde la cuna. Los nuevos ricos son, ante todo, ricos asustados de perder la brújula de un estatus que nunca merecieron.
El estatus es un galardón de prestigio, casi siempre falso, que se da en todas las clases sociales. Mi papá todavía cuenta con orgullo que, en la época de Alfonsín, robaba los desperdicios de otra gente y los metía en casa, a escondidas, para después salir a la calle con sus propias bolsas de basura y que el barrio lo viera. Tener algo que tirar, en ese tiempo y en aquella geografía, también era síntoma de estatus.
Así como mi padre falsificaba basura, en este tiempo el mercado de las falsificaciones se dedica a imitar productos llamados “de marca”. Esta práctica, que ocurre en todo el mundo gracias a la astucia de los chinos, está dejando al descubierto la paranoia de los nuevos ricos, a los que les cuesta mucho aceptar que haya personas pobres y sin suerte comprando sus mismos juguetes de fantasía.
El nuevo rico adquiere una carterita de 800 euros no porque le guste demasiado el producto en sí mismo, ni porque lo necesite, sino porque la carterita tiene un código común: la marca. Este símbolo indica su valor comercial en el mercado de las cosas. Se trata de un código no secreto, no oculto; un código que entenderá todo el mundo a simple vista. Es como si el producto tuviese el precio grabado a fuego y ellos pudieran así generar la envidia de los imbéciles.
Por una cuestión de reglas internas, los nuevos ricos no pueden decir que compran cosas únicamente por el precio inasequible. Entonces dicen que lo hacen por la calidad. Aseguran que se han comprado una cartera costosísima y de marca porque las costuras son mejores, o porque duran toda la vida. Sin embargo, y también por culpa de las reglas internas, a las cuatro semanas ya no pueden seguir usándola, pues ha aparecido otra mejor, o porque demasiada gente ya los ha visto con la primera.
El mercado de la falsificación es, entonces, el infierno de los superficiales. Lo peor que le puede pasar en la vida a un frívolo es que otro, por mucho menos, pueda ostentar sus mismos códigos de grandeza, y ensayar idénticos pavoneos, aunque sean imitaciones vulgares de los códigos reales, aunque las costuras sean pésimas y se destiñan al segundo lavado.
A los nuevos ricos no les importa realmente la calidad de lo que poseen: sólo les importa la seguridad de saber que nadie más que ellos pueden conseguirlo. Para ellos una “marca” indica la seguridad de la subsistencia, la grieta que los separa de la antigua vida de mortales corrientes. Recordemos que no han sido ricos siempre: son nuevos y torpes en el malabarismo de la opulencia. Hace no mucho eran envidiosos de los verdaderos ricos, eran resentidos fisgones de la vida de los otros. Por eso ahora se desesperan para no caer otra vez en la miseria.
Por eso cuando se topa con un marroquí que, en la vereda de enfrente, ofrece códigos de estatus a todo el mundo, y a un precio ínfimo y posible, el nuevo rico se siente estafado en su buena fe.
—Yo quiero que me estafe Dolce / Gabbanna —pareciera decir—, yo quiero que una cartera de mierda me cueste muchísimo dinero, necesito demostrar que puedo despilfarrar y alardear y pavonearme, pero no soporto que me estafen otros. Prefiero que me quiten el dinero, que me sobra, y no la autoestima, porque de eso tengo poco.
Se ha llegado a tal grado de frivolidad que hasta el que te rompe el culo tiene que ser alguien importante, para que valga la pena mostrar el culo roto como un trofeo. La riqueza y la pobreza muchas veces tienen una frontera azarosa. Si las chicas que esta semana han muerto de anorexia en Brasil hubieran nacido 400 kilómetros al sudoeste, serían las chicas que han muerto de hambre en Bolivia.
El nuevo rico lo sabe. Sabe que el azar ha provocado su buena racha, y no el esfuerzo. Sabe que la vida puede quitarle todo tan rápido como se lo ha dado. El nuevo rico necesita desmarcarse de la gente corriente. Porque el estatus —parecen decir los nuevos ricos— es poder elegir quién puede estafarte y quién no.
Parecen decir esto, pero en realidad dicen otra cosa. Lo que dicen es que hay que acabar con el mercado de la falsificación porque involucra la explotación de los chinos, pobrecitos, que están encerrados en los barcos y trabajan por un plato de arroz; dicen que el mercado negro es nefasto porque obliga a trabajar a los niños filipinos y eso a ellos (a los ricos) los hace llorar; dicen que las mafias de las marcas falsas acabarán un día con la bendición del libre comercio. Eso es lo que dicen cuando llaman a la policía desde sus teléfonos móviles, escondidos detrás de un árbol:
—¿Señor policía? Venga rápido a la esquina en la que estoy, puesto que hay un delincuente con una manta, en la calle, ofreciendo a la población cosas inútiles a precios razonables. ¡Apúrese, oficial, que hay muchos pobres a punto de convertirse en ricos falsos!
El texto, en la voz de Eduardo Aliverti. Un extenso fragmento de "Las paranoias del nuevo rico" fue leído el sábado 10 de febrero de 2007 por el periodista argentino Eduardo Aliverti, en su programa Marca de Radio. (4' 24'')
En la vidriera de Dolce / Gabanna hay carteras pequeñas, de piel, a 800 euros. A unos metros, en la vereda, un marroquí vende unas idénticas por 15. Como las carteritas de dentro y las de fuera tienen el mismo color, el mismo diseño y el mismo logo, por la tarde llega la policía. En un mundo sensato meterían preso al vendedor que no tiene escrúpulos. En este mundo, en cambio, se llevan esposado al marroquí, por molestar a los nuevos ricos con una realidad escandalosa: el verdadero precio de las carteras.
A los millonarios de toda la vida les importa un pito que la gente de a pie, la gente común, compre falsos Rolex y falsos Ray Ban y complementos falsos de Armani. Ellos están en otra nube, viven en el limbo de los que consumen productos imposibles de falsificar. Mientras no haya vendedor ambulante capaz de imitar un yate, ni un chalet en la Costa Azul con catorce baños, los verdaderos ricos estarán tranquilos. No son ellos los que llaman a la policía para que apresen al marroquí que vende carteras. Entonces, ¿quién llama a la policía?
En España está ocurriendo un fenómeno singular (en Rusia dicen que también, pero yo solamente vivo en España). Aquí, en España, hay mucha gente que se está haciendo rica de golpe y porrazo. Se trata de ricos sin pedigrí, millonarios de sopetón, gente que no ha tenido una familia poderosa en el pasado ni una educación ricachona desde la cuna. Los nuevos ricos son, ante todo, ricos asustados de perder la brújula de un estatus que nunca merecieron.
El estatus es un galardón de prestigio, casi siempre falso, que se da en todas las clases sociales. Mi papá todavía cuenta con orgullo que, en la época de Alfonsín, robaba los desperdicios de otra gente y los metía en casa, a escondidas, para después salir a la calle con sus propias bolsas de basura y que el barrio lo viera. Tener algo que tirar, en ese tiempo y en aquella geografía, también era síntoma de estatus.
Así como mi padre falsificaba basura, en este tiempo el mercado de las falsificaciones se dedica a imitar productos llamados “de marca”. Esta práctica, que ocurre en todo el mundo gracias a la astucia de los chinos, está dejando al descubierto la paranoia de los nuevos ricos, a los que les cuesta mucho aceptar que haya personas pobres y sin suerte comprando sus mismos juguetes de fantasía.
El nuevo rico adquiere una carterita de 800 euros no porque le guste demasiado el producto en sí mismo, ni porque lo necesite, sino porque la carterita tiene un código común: la marca. Este símbolo indica su valor comercial en el mercado de las cosas. Se trata de un código no secreto, no oculto; un código que entenderá todo el mundo a simple vista. Es como si el producto tuviese el precio grabado a fuego y ellos pudieran así generar la envidia de los imbéciles.
Por una cuestión de reglas internas, los nuevos ricos no pueden decir que compran cosas únicamente por el precio inasequible. Entonces dicen que lo hacen por la calidad. Aseguran que se han comprado una cartera costosísima y de marca porque las costuras son mejores, o porque duran toda la vida. Sin embargo, y también por culpa de las reglas internas, a las cuatro semanas ya no pueden seguir usándola, pues ha aparecido otra mejor, o porque demasiada gente ya los ha visto con la primera.
El mercado de la falsificación es, entonces, el infierno de los superficiales. Lo peor que le puede pasar en la vida a un frívolo es que otro, por mucho menos, pueda ostentar sus mismos códigos de grandeza, y ensayar idénticos pavoneos, aunque sean imitaciones vulgares de los códigos reales, aunque las costuras sean pésimas y se destiñan al segundo lavado.
A los nuevos ricos no les importa realmente la calidad de lo que poseen: sólo les importa la seguridad de saber que nadie más que ellos pueden conseguirlo. Para ellos una “marca” indica la seguridad de la subsistencia, la grieta que los separa de la antigua vida de mortales corrientes. Recordemos que no han sido ricos siempre: son nuevos y torpes en el malabarismo de la opulencia. Hace no mucho eran envidiosos de los verdaderos ricos, eran resentidos fisgones de la vida de los otros. Por eso ahora se desesperan para no caer otra vez en la miseria.
Por eso cuando se topa con un marroquí que, en la vereda de enfrente, ofrece códigos de estatus a todo el mundo, y a un precio ínfimo y posible, el nuevo rico se siente estafado en su buena fe.
—Yo quiero que me estafe Dolce / Gabbanna —pareciera decir—, yo quiero que una cartera de mierda me cueste muchísimo dinero, necesito demostrar que puedo despilfarrar y alardear y pavonearme, pero no soporto que me estafen otros. Prefiero que me quiten el dinero, que me sobra, y no la autoestima, porque de eso tengo poco.
Se ha llegado a tal grado de frivolidad que hasta el que te rompe el culo tiene que ser alguien importante, para que valga la pena mostrar el culo roto como un trofeo. La riqueza y la pobreza muchas veces tienen una frontera azarosa. Si las chicas que esta semana han muerto de anorexia en Brasil hubieran nacido 400 kilómetros al sudoeste, serían las chicas que han muerto de hambre en Bolivia.
El nuevo rico lo sabe. Sabe que el azar ha provocado su buena racha, y no el esfuerzo. Sabe que la vida puede quitarle todo tan rápido como se lo ha dado. El nuevo rico necesita desmarcarse de la gente corriente. Porque el estatus —parecen decir los nuevos ricos— es poder elegir quién puede estafarte y quién no.
Parecen decir esto, pero en realidad dicen otra cosa. Lo que dicen es que hay que acabar con el mercado de la falsificación porque involucra la explotación de los chinos, pobrecitos, que están encerrados en los barcos y trabajan por un plato de arroz; dicen que el mercado negro es nefasto porque obliga a trabajar a los niños filipinos y eso a ellos (a los ricos) los hace llorar; dicen que las mafias de las marcas falsas acabarán un día con la bendición del libre comercio. Eso es lo que dicen cuando llaman a la policía desde sus teléfonos móviles, escondidos detrás de un árbol:
—¿Señor policía? Venga rápido a la esquina en la que estoy, puesto que hay un delincuente con una manta, en la calle, ofreciendo a la población cosas inútiles a precios razonables. ¡Apúrese, oficial, que hay muchos pobres a punto de convertirse en ricos falsos!
El texto, en la voz de Eduardo Aliverti. Un extenso fragmento de "Las paranoias del nuevo rico" fue leído el sábado 10 de febrero de 2007 por el periodista argentino Eduardo Aliverti, en su programa Marca de Radio. (4' 24'')
viernes, 4 de mayo de 2007
Al salir del clóset: ¡en qué lío me metí!
No puedo negar que este descubrimiento en el web site me impacto. Amigo de la universidad, de Viart, de Publicitariamente Hablando, del Centro de Estudiantes y de muchos "plantones" mientras fue reportero para Unión Radio Noticias. Esta es su historia y su premio. Un abrazo.
Recién me graduaba en la universidad, ni siquiera había mandado a guindar el título. Trabajaba para una revista especializada en mercadeo y gerencia, como periodista de planta, y cada uno de los reportajes que me eran asignados tenían que venir acompañados de sus respectivas fotos. Y ella era la fotógrafa. Una mujer un poco loca, treintañera, entusiasta, como buen artista que se respete, delgada, de imagen irreverente, siempre queriendo vivir la vida intensamente.
-Vámonos para Nueva York, loco. -¿Perdón? -Que nos vayamos para Nueva York. -¿A qué, si se puede saber? -Fíjate: nos vamos una semana y entrevistamos a venezolanos exitosos en la gran manzana. Tú escribes, yo tomo las fotos. Regresamos y le vendemos los reportajes a periódicos y revistas de aquí.
-¡Bah!... ¿En serio? ¿Tú crees que se gane algo? -¡Claro, chico, aunque sea el costo del viaje lo sacamos! Y puedes decir que visitaste los niuyores...
Un mes después estaba montado en el avión. Emocionado, asustado, pero dispuesto a vivir la aventura. Llevábamos algunos contactos hechos desde Caracas, así que sólo era cuestión de hacer un par de llamadas telefónicas y ¡voilá!, mandado hecho.
Así conocí a una diseñadora de ropa casual, a un maquillador que comenzó su carrera embelleciendo a las protagonistas de las telenovelas "Primavera" y "Abigail" -seguro que más de uno se acuerda, ¿no?-, unos artistas florales maracuchos y hasta a un famoso diseñador de alta costura venezolano cuando recién abría su showroom en la isla de Manhattan.
Nos quedamos en un hostal de YMCA muy céntrico, donde compartimos la litera de la pequeña habitación y con baño común en el piso, enorme por cierto, repleto de jóvenes aventureros como nosotros que, por una u otra razón, también visitaban la ciudad de los rascacielos.
En Nueva York fue donde lo conocí. Era uno de esos entrevistados de nuestra lista de reportajes. Recuerdo que lo citamos frente a un McDonald´s que quedaba cerca de Broadway -en serio, escribo estas cosas y parece que la historia no fuera mía-. Era un tipo relativamente bajo, moreno, gordito, pero con cara de buena gente. Su única seña particular era una cicatriz en la mejilla, no muy notoria pero evidente.
Comenzamos la entrevista, saqué mi grabador de casetes japonés y lo puse sobre la mesa mientras nos comíamos nuestros respectivos combos. La conversación transcurrió sin mayores sobresaltos, aunque la historia no dejaba de ser conmovedora: para ese momento, él estaba ilegal en NY, recibiendo tratamiento para controlar los efectos que había causado el HIV y que lo llevaron al borde de la muerte mientras vivía en Caracas. Sólo con la ayuda de un grupo de amigos logró viajar a EEUU para formar parte del programa en el cual le habían salvado la vida, y que ahora le permitía llevar una vida "normal".
Yo sí noté algo raro. Desde el principio, sentí que su manera de mirarme era extraña, pero juro que no tuve claro nunca qué era lo que estaba pasando. Me veía lánguido, ponía los ojos pequeñitos, sonreía ligeramente, y por supuesto, ignoró a mi amiga casi por completo mientras le tomaba las fotos. Al terminar la entrevista, quedamos en vernos nuevamente antes de regresar a Caracas.
Y así fue. Nuestros amigos maracuchos -o maracuchas, a estas alturas no sabría decirlo-, nos hicieron una reunión en la floristería la noche antes de nuestra partida. Ahí estaba yo: diez hombres y dos mujeres y todos -exceptuando a mi compañera de viajes y a mí- homosexuales. En el grupo estaba él, pendiente de cada uno de mis movimientos. Mi primera fiesta gay y yo no sabía donde meter la cara. Sonaba un merengue de Juan Luis Guerra.
-¿Bailamos? -¿Perdón? -Que si quieres bailar...
Me le quedé viendo un instante. No sabía qué hacer: nunca en mi vida había bailado con un hombre. -Vente, chico, que es igual que si bailaras con una mujer. "No vas a hacer el papelón de tu vida aquí, cuando esta gente ha sido tan amable. Además, estás en Nueva York, a quien sabe cuántos kilómetros de Caracas. ¿Quién se va a enterar?"
Bailé con él hasta que me dolieron los pies. Y tomé hasta que mi cabeza giraba más rápido que mi cuerpo. Él se encargó de llenar mi copa de vino blanco cada vez que esta se vaciaba, que no fueron pocas.
A las cinco de la madrugada, las aceras de la ciudad estaban desiertas. De pronto, me encontré caminando con él tomado del brazo. Nos dirigíamos al Metro: yo estaba cerca del hostal, pero él tenía que hacer un viaje de al menos 40 minutos para llegar a su habitación.
Llegamos a la estación y bajamos las escaleras. En un recodo, sorpresivamente, siento que él me empuja y voy a dar contra la pared. Mi cabeza aún daba vueltas y no atinaba a decir palabra. Se colocó frente a mí, muy cerca.
-¿Te puedo besar? No la pensé: la respuesta salió sola... -Bueno...
Sentí como su boca, sus labios, se apoyaban contra los míos. Eran suaves, cálidos, deliciosos. Su lengua jugó con la mía durante largo rato. Presionaba su cuerpo contra el mío, me abrazaba con ternura y firmeza. Era diferente. Ese beso lo disfruté.
Al día siguiente, tenía que ir al aeropuerto, pero tuve la oportunidad de verlo de nuevo. Quería, necesitaba verlo otra vez. Desayuné con él, conversamos de tonterías, era imposible hablar de algo más. Durante ese rato, no me reconocí. Ese que estaba allí, sintiendo el montón de cosas que sentía, no era yo.
Cuando se acercó la hora de irme, él me acompañó a buscar las maletas. En la puerta del hostal, se despidió de mí con un beso breve en los labios, que acompañó con una caricia en mi rostro. Todavía deseo que ese beso hubiese sido más largo. En el avión, una frase retumbaba en mi cabeza: "Y ahora, ¿qué hago yo con esto? ¿En que lío me metí?"
Así comenzó todo. Así fue como de verdad, comenzó todo. Ya no podía decir que nada estaba pasando, no podía mentirme a mi mismo.
Por cierto, el reportaje nunca lo escribí, hasta hoy.
-¡Bah!... ¿En serio? ¿Tú crees que se gane algo? -¡Claro, chico, aunque sea el costo del viaje lo sacamos! Y puedes decir que visitaste los niuyores...
Un mes después estaba montado en el avión. Emocionado, asustado, pero dispuesto a vivir la aventura. Llevábamos algunos contactos hechos desde Caracas, así que sólo era cuestión de hacer un par de llamadas telefónicas y ¡voilá!, mandado hecho.
Así conocí a una diseñadora de ropa casual, a un maquillador que comenzó su carrera embelleciendo a las protagonistas de las telenovelas "Primavera" y "Abigail" -seguro que más de uno se acuerda, ¿no?-, unos artistas florales maracuchos y hasta a un famoso diseñador de alta costura venezolano cuando recién abría su showroom en la isla de Manhattan.
Nos quedamos en un hostal de YMCA muy céntrico, donde compartimos la litera de la pequeña habitación y con baño común en el piso, enorme por cierto, repleto de jóvenes aventureros como nosotros que, por una u otra razón, también visitaban la ciudad de los rascacielos.
En Nueva York fue donde lo conocí. Era uno de esos entrevistados de nuestra lista de reportajes. Recuerdo que lo citamos frente a un McDonald´s que quedaba cerca de Broadway -en serio, escribo estas cosas y parece que la historia no fuera mía-. Era un tipo relativamente bajo, moreno, gordito, pero con cara de buena gente. Su única seña particular era una cicatriz en la mejilla, no muy notoria pero evidente.
Comenzamos la entrevista, saqué mi grabador de casetes japonés y lo puse sobre la mesa mientras nos comíamos nuestros respectivos combos. La conversación transcurrió sin mayores sobresaltos, aunque la historia no dejaba de ser conmovedora: para ese momento, él estaba ilegal en NY, recibiendo tratamiento para controlar los efectos que había causado el HIV y que lo llevaron al borde de la muerte mientras vivía en Caracas. Sólo con la ayuda de un grupo de amigos logró viajar a EEUU para formar parte del programa en el cual le habían salvado la vida, y que ahora le permitía llevar una vida "normal".
Yo sí noté algo raro. Desde el principio, sentí que su manera de mirarme era extraña, pero juro que no tuve claro nunca qué era lo que estaba pasando. Me veía lánguido, ponía los ojos pequeñitos, sonreía ligeramente, y por supuesto, ignoró a mi amiga casi por completo mientras le tomaba las fotos. Al terminar la entrevista, quedamos en vernos nuevamente antes de regresar a Caracas.
Y así fue. Nuestros amigos maracuchos -o maracuchas, a estas alturas no sabría decirlo-, nos hicieron una reunión en la floristería la noche antes de nuestra partida. Ahí estaba yo: diez hombres y dos mujeres y todos -exceptuando a mi compañera de viajes y a mí- homosexuales. En el grupo estaba él, pendiente de cada uno de mis movimientos. Mi primera fiesta gay y yo no sabía donde meter la cara. Sonaba un merengue de Juan Luis Guerra.
-¿Bailamos? -¿Perdón? -Que si quieres bailar...
Me le quedé viendo un instante. No sabía qué hacer: nunca en mi vida había bailado con un hombre. -Vente, chico, que es igual que si bailaras con una mujer. "No vas a hacer el papelón de tu vida aquí, cuando esta gente ha sido tan amable. Además, estás en Nueva York, a quien sabe cuántos kilómetros de Caracas. ¿Quién se va a enterar?"
Bailé con él hasta que me dolieron los pies. Y tomé hasta que mi cabeza giraba más rápido que mi cuerpo. Él se encargó de llenar mi copa de vino blanco cada vez que esta se vaciaba, que no fueron pocas.
A las cinco de la madrugada, las aceras de la ciudad estaban desiertas. De pronto, me encontré caminando con él tomado del brazo. Nos dirigíamos al Metro: yo estaba cerca del hostal, pero él tenía que hacer un viaje de al menos 40 minutos para llegar a su habitación.
Llegamos a la estación y bajamos las escaleras. En un recodo, sorpresivamente, siento que él me empuja y voy a dar contra la pared. Mi cabeza aún daba vueltas y no atinaba a decir palabra. Se colocó frente a mí, muy cerca.
-¿Te puedo besar? No la pensé: la respuesta salió sola... -Bueno...
Sentí como su boca, sus labios, se apoyaban contra los míos. Eran suaves, cálidos, deliciosos. Su lengua jugó con la mía durante largo rato. Presionaba su cuerpo contra el mío, me abrazaba con ternura y firmeza. Era diferente. Ese beso lo disfruté.
Al día siguiente, tenía que ir al aeropuerto, pero tuve la oportunidad de verlo de nuevo. Quería, necesitaba verlo otra vez. Desayuné con él, conversamos de tonterías, era imposible hablar de algo más. Durante ese rato, no me reconocí. Ese que estaba allí, sintiendo el montón de cosas que sentía, no era yo.
Cuando se acercó la hora de irme, él me acompañó a buscar las maletas. En la puerta del hostal, se despidió de mí con un beso breve en los labios, que acompañó con una caricia en mi rostro. Todavía deseo que ese beso hubiese sido más largo. En el avión, una frase retumbaba en mi cabeza: "Y ahora, ¿qué hago yo con esto? ¿En que lío me metí?"
Así comenzó todo. Así fue como de verdad, comenzó todo. Ya no podía decir que nada estaba pasando, no podía mentirme a mi mismo.
Por cierto, el reportaje nunca lo escribí, hasta hoy.
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La amistad era de esas que parece que no se acaban nunca. Compartimos viajes, cumpleaños, navidades, aunque no tenía que haber una excusa para que nos reuniéramos a conversar de cualquier cosa.
Éramos amigos, de esos amigos que se quieren de verdad.
En el carro se sentía cierto grado de tensión. Lo pasé buscando, él me saludó y no me dijo más nada. Luego de un rato, finalmente, se decidió a hablar.
-Estás saliendo con alguien y no me has dicho. -¿Perdón? -Pana, no me vengas con cosas a mí, que soy tu compadre. -¿Pero a qué te estas refiriendo, si se puede saber? -Tú sabes de qué se trata, y me duele que no me lo hayas dicho antes.
-No, compadre, melodramas conmigo no, por favor, que estamos bastante viejos para la gracia. Además, no te queda nada bien el papel de Lupita Ferrer. -Bueno, entonces cuéntame. -¿Qué te cuento? -¿Me vas a decir con quién te estas acostando o te lo saco a golpes?
-¿Qué te hace pensar que me estoy acostando con alguien? -Nada, viejo, nada. ¿No ves que yo soy bruto? ¿O es que tú crees que yo no me doy cuenta de que últimamente cuando uno te llama para salir tú ya estás "ocupado"?
-Bueno, para comenzar, sí, eres bruto. Y luego, también, sabes que he estado ocupado, qué quieres que te diga. -Gracias por lo de bruto. Lo que quiero que me digas es con quien te has estado viendo. ¿La conozco? Claro, ya está, seguro es que la conozco y no me quieres decir por eso. -No, no la conoces. No tienes ni idea de quién es.
-Ya sé, seguro que es fea y que no me la quieres presentar para que no me burle. -Pana, no seas tan básico. No me daría pena salir con alguien por lo que vayan a pensar los demás.
-¿Y entonces? -Entonces... -Chamo, desde que te conozco, tú no pasas las noches fuera de tu casa. Y ya me llegó el chisme de que últimamente no hay fin de semana que no pases fuera, así que tienes que estar amaneciendo en otro lado. ¿Es o no es?
-Tienes tremendos informantes, ¿no? Pareces la CIA. -¡Ajá! Entonces aceptas que sí tengo razón. -Sí. -Ya comenzamos por algo... -Ajá. -Bueno, hagamos algo. Dejémonos de misterios y dime el nombre. -El nombre. -Sí, viejo, el nombre del mujerón con el que te estás acostando.
-Bueno, compadre. Está bien, es verdad, estoy saliendo con alguien desde hace tiempo. -¡Ja! ¡Yo sabía! Es que tanto secreto no podía ser otra cosa. ¿Se puede saber por qué no me habías dicho nada? -Porque no es sencillo hablar de esto. -¿No? -No. -¿Desde cuándo es tan difícil hablar de mujeres, digo yo? Chamo... ¿con quién estás saliendo tú?
Me detuve. Lo que le iba a decir requería toda mi concentración y era un riesgo conducir en ese momento.
-Está bien, compadre. Si quieres saberlo, pues entérate. El nombre de la persona con la que estoy saliendo es...Richard.
En ese momento se hizo el silencio. Mi compadre, que siempre habló hasta por los codos, se había quedado sin habla. Desde el asiento del copiloto me miraba como que si el mundo le hubiese cambiado por completo.
-¿Perdón?
Juraba que me iba a lanzar un golpe. Creo que no lo hizo porque estaba manejando.
-¿Qué dijiste? -Que estoy saliendo con un tipo que se llama Richard. Que tenemos más de seis meses viéndonos y que en su casa es donde amanezco cada vez que puedo.
Era mucha información junta. Si hubiese podido estar en su cabeza, habría podido escuchar el corto circuito.
-Chamo...¿tú me estas diciendo que tú eres...? -Sí. -No. -Que sí. -No, viejo. No te creo. -Bueno, yo no sé cuánto tiempo te podrá tomar asumirlo, pero lo mejor que puedes hacer es ir acostumbrándote a la idea.
-¿Y desde cuándo te gustan los hombres? -Buena pregunta. No lo sé. -¿Cómo que no sabes? -No. Si me pongo a pensarlo, diría que desde hace tiempo, aunque vengo entendiéndolo desde hace relativamente poco.
Se quedó callado por un buen rato. Veía al frente, a la calle, a la gente que caminaba por las aceras. Al rato, llegamos al bar. Nos estacionamos y antes de bajarnos del carro, volvió a articular palabra.
-¿Quién más lo sabe? -Más nadie. Eres el primero. -¿Y ahora? -No sé. Todavía no sé qué voy a hacer. -¿Le vas a decir a alguien más? -Te dije que no sé.
-¿Y si la gente piensa que yo soy tu pareja? -¿Qué? ¿De qué estás hablando? -Que si la gente se entera que tu eres gay, van a creer que yo también lo soy. -Es posible. Y creo que para eso hay una sola solución posible. -¿Cuál? -Consíguete una novia con urgencia.
Después de eso, llovieron las preguntas. Hubo cosas que le conté, otras que nunca le dije, esas cosas que forman parte del sumario.
Pasó el tiempo, unos cuantos años, y por una razón o por otra, la amistad se fue disolviendo. Ya no nos vemos tan seguido, ya no salimos a tomarnos las copas. Pero el cariño es el mismo.
Éramos amigos, de esos amigos que se quieren de verdad.
En el carro se sentía cierto grado de tensión. Lo pasé buscando, él me saludó y no me dijo más nada. Luego de un rato, finalmente, se decidió a hablar.
-Estás saliendo con alguien y no me has dicho. -¿Perdón? -Pana, no me vengas con cosas a mí, que soy tu compadre. -¿Pero a qué te estas refiriendo, si se puede saber? -Tú sabes de qué se trata, y me duele que no me lo hayas dicho antes.
-No, compadre, melodramas conmigo no, por favor, que estamos bastante viejos para la gracia. Además, no te queda nada bien el papel de Lupita Ferrer. -Bueno, entonces cuéntame. -¿Qué te cuento? -¿Me vas a decir con quién te estas acostando o te lo saco a golpes?
-¿Qué te hace pensar que me estoy acostando con alguien? -Nada, viejo, nada. ¿No ves que yo soy bruto? ¿O es que tú crees que yo no me doy cuenta de que últimamente cuando uno te llama para salir tú ya estás "ocupado"?
-Bueno, para comenzar, sí, eres bruto. Y luego, también, sabes que he estado ocupado, qué quieres que te diga. -Gracias por lo de bruto. Lo que quiero que me digas es con quien te has estado viendo. ¿La conozco? Claro, ya está, seguro es que la conozco y no me quieres decir por eso. -No, no la conoces. No tienes ni idea de quién es.
-Ya sé, seguro que es fea y que no me la quieres presentar para que no me burle. -Pana, no seas tan básico. No me daría pena salir con alguien por lo que vayan a pensar los demás.
-¿Y entonces? -Entonces... -Chamo, desde que te conozco, tú no pasas las noches fuera de tu casa. Y ya me llegó el chisme de que últimamente no hay fin de semana que no pases fuera, así que tienes que estar amaneciendo en otro lado. ¿Es o no es?
-Tienes tremendos informantes, ¿no? Pareces la CIA. -¡Ajá! Entonces aceptas que sí tengo razón. -Sí. -Ya comenzamos por algo... -Ajá. -Bueno, hagamos algo. Dejémonos de misterios y dime el nombre. -El nombre. -Sí, viejo, el nombre del mujerón con el que te estás acostando.
-Bueno, compadre. Está bien, es verdad, estoy saliendo con alguien desde hace tiempo. -¡Ja! ¡Yo sabía! Es que tanto secreto no podía ser otra cosa. ¿Se puede saber por qué no me habías dicho nada? -Porque no es sencillo hablar de esto. -¿No? -No. -¿Desde cuándo es tan difícil hablar de mujeres, digo yo? Chamo... ¿con quién estás saliendo tú?
Me detuve. Lo que le iba a decir requería toda mi concentración y era un riesgo conducir en ese momento.
-Está bien, compadre. Si quieres saberlo, pues entérate. El nombre de la persona con la que estoy saliendo es...Richard.
En ese momento se hizo el silencio. Mi compadre, que siempre habló hasta por los codos, se había quedado sin habla. Desde el asiento del copiloto me miraba como que si el mundo le hubiese cambiado por completo.
-¿Perdón?
Juraba que me iba a lanzar un golpe. Creo que no lo hizo porque estaba manejando.
-¿Qué dijiste? -Que estoy saliendo con un tipo que se llama Richard. Que tenemos más de seis meses viéndonos y que en su casa es donde amanezco cada vez que puedo.
Era mucha información junta. Si hubiese podido estar en su cabeza, habría podido escuchar el corto circuito.
-Chamo...¿tú me estas diciendo que tú eres...? -Sí. -No. -Que sí. -No, viejo. No te creo. -Bueno, yo no sé cuánto tiempo te podrá tomar asumirlo, pero lo mejor que puedes hacer es ir acostumbrándote a la idea.
-¿Y desde cuándo te gustan los hombres? -Buena pregunta. No lo sé. -¿Cómo que no sabes? -No. Si me pongo a pensarlo, diría que desde hace tiempo, aunque vengo entendiéndolo desde hace relativamente poco.
Se quedó callado por un buen rato. Veía al frente, a la calle, a la gente que caminaba por las aceras. Al rato, llegamos al bar. Nos estacionamos y antes de bajarnos del carro, volvió a articular palabra.
-¿Quién más lo sabe? -Más nadie. Eres el primero. -¿Y ahora? -No sé. Todavía no sé qué voy a hacer. -¿Le vas a decir a alguien más? -Te dije que no sé.
-¿Y si la gente piensa que yo soy tu pareja? -¿Qué? ¿De qué estás hablando? -Que si la gente se entera que tu eres gay, van a creer que yo también lo soy. -Es posible. Y creo que para eso hay una sola solución posible. -¿Cuál? -Consíguete una novia con urgencia.
Después de eso, llovieron las preguntas. Hubo cosas que le conté, otras que nunca le dije, esas cosas que forman parte del sumario.
Pasó el tiempo, unos cuantos años, y por una razón o por otra, la amistad se fue disolviendo. Ya no nos vemos tan seguido, ya no salimos a tomarnos las copas. Pero el cariño es el mismo.
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