domingo 29 de marzo de 2009

En defensa del sueldo de magistrados y rectores


No entiendo la persecución que se desató en contra de los sueldos de los altos funcionarios del TSJ y el CNE. Seamos sinceros, de parte del presidente de la República es una actitud lógica, pero del resto de sectores del país, especialmente de los que adversan a Hugo Rafael, parece sólo una manifestación más de ese terrible síndrome que ataca a los venezolanos: criticar por criticar.
Parece increíble que desde la oposición a Chávez, en lugar de promover la defensa a la jerarquización laboral por formación, responsabilidad y desempeño, se promuevan discursos fundamentalistas de igualitarismo. Es increíble que en el año 2002 se defendiera la meritocracia de Pdvsa, pero ahora se ataque la jerarquización profesional en los poderes públicos.
El debate no debe centrarse en cuánto ganan los magistrados del TSJ y rectores del CNE, el verdadero análisis debe enfocarse en los méritos de los magistrados y rectores para ocupar estos cargos, el verdadero debate debe servir para responder si los magistrados y rectores están cumpliendo cabalmente con sus obligaciones.
¿Es lógico que un rector gane de sueldo base Bs.F 19 mil mensuales, cuando un profesor universitario sólo obtiene Bs.F. 18 por hora académica? La respuesta a esta pregunta es obvia, pero la solución a este problema no radica en disminuir el sueldo de los altos funcionarios, sino en lograr que el poder de compra del resto de los ciudadanos mejore, o en épocas de crisis económica, que se mantenga.
Ningún trabajador del TSJ (incluyendo al personal obrero) gana sueldo mínimo. ¿Es esto criticable? El paquete anual de los funcionarios del CNE, incluidos los rectores, es de 20 meses. ¿Es esto criticable?
Si se supone que se rechaza el proyecto socialista de Chávez porque tiende a convertir la democracia venezolana en un sistema que en algunos momentos tiene sospechosas similitudes con el comunismo, debería ser un alivio que en los poderes públicos no cale el discurso fundamentalista del igualitarismo y se mantenga la jerarquización de los cargos.
El paquete anual de un rector del CNE se componen de un sueldo base de 19 mil bolívares fuertes mensuales (varía en función de los años de experiencia dentro de la administración pública) más una prima de 30% del salario base por profesionalización, más otra prima de 12% del salario base por responsabilidad, más seis meses de utilidades y una prima de dos meses de salario en año electoral. Si usted tuviese que dirigir el Poder Electoral ¿no le parece que este es un paquete salarial acorde con las responsabilidades que tiene? Recuerdo que en su etapa como rector, Ezequiel Zamora solía decir que mientras estaba en el CNE perdía dinero porque el sueldo no se correspondía con las obligaciones, ni compensaba las actividades profesionales a las que había tenido que renunciar por estar en el Poder Electoral.
Probablemente, amigo lector, usted considere que esos sueldos no son socialistas, probablemente diga que los rectores toman decisiones para beneficiar a un sistema político que impone el igualitarismo, probablemente esté pensando en las múltiples oportunidades que se cruzó con un ministro, magistrado, etc. en una clínica privada y se preguntó por qué no asiste a los módulos de Barrio Adentro para consultas de rutina. Probablemente usted considere que estos sueldos no son socialistas; no obstante el problema no es el salario anual de los altos funcionarios, sino el doble discurso que muchos de ellos pueden exhibir al defender un sistema político y económico en el que no creen.
Insisto: el problema no es el sueldo, el análisis debe enfocarse a la evaluación de desempeño de los magistrados, rectores y demás altos funcionarios de la administración pública; ¿realmente tienen las credenciales para ocupar estos cargos?, ¿realmente están haciendo su trabajo?, ¿realmente están convencidos del sistema político y económico que muchos de ellos defienden? Si nos enfocamos sólo en el amarillismo de cuánto ganan caeremos, inevitablemente, en una vulgar cacería de brujas de todos aquellos que ganan más que nosotros.

lunes 16 de marzo de 2009

¿Me resigno a una vida miserable?

Señores ministros, diputados y amigos del chavismo: Tener que levantarse a las 3:30 am todos los días y aún así padecer de una cola interminable en la carretera Panamericana y en la autopista Valle-Coche atenta contra la salud física -y mental- de cualquiera ser humano.
Tener que levantarse a las 3:30 am y acostarse a las 11:00 pm, porque como mínimo se debe soportar una cola de regreso de dos horas es el prolegómeno de una existencia corta y complicada.
Sólo cuando mi cardiólogo escuchó la palabra “Panamericana” entendió parte de las causas que provocan que de mi rutina diaria desapareciera el ejercicio y la alimentación saludable. Sólo cuando escuchó el relato de un día normal de mi vida entendió porqué me sube la tensión a las 4:00 am, cuando se supone que la mayoría de los mortales están durmiendo, o recién levantándose. Imagino que ustedes, señores ministros, diputados y amigos del chavismo, se incluyen en este grupo.
Las iniciativas para disminuir las colas (llámense plan Pico Placa, Vía Libre o Canal de Contraflujo) me hicieron fantasear con una vida menos miserable. No obstante, considerando sus actuaciones desde el año 2007 la posibilidad de no tener que invertir entre 4 y 5 horas diarias en una cola era sola una quimera.
Seamos sinceros, a ustedes no les gustan las medidas de administración del tránsito. Así lo han demostrado insistentemente desde noviembre de 2007 cuando la Corte Segunda en lo Contencioso-Administrativo exigió la suspensión del plan Pico y Placa del municipio Baruta. Seis meses después lo ratificaron cuando el Juzgado Noveno Superior en lo Contencioso-Administrativo ordenó el cese de la aplicación de Pico y Placa en el municipio Chacao.
Si quedaba alguna duda de su desprecio hacia este tipo de iniciativas, las dudas se aclararon con sus declaraciones, acciones legales e incluso militares en contra de la prueba piloto del Pico y Placa en la carretera Panamericana, la prueba piloto del Plan Vía Libre en el Distrito Metropolitano de Caracas y el Canal Expreso Petare-Guarenas.
Señores ministros, diputados y amigos del chavismo: Entiendo que ustedes argumentan que estas iniciativas violan el derecho al libre tránsito establecido en el artículo 50 de la Constitución Nacional. No obstante, cuando repitan este argumento consideren que, al igual que este pobre mortal, una buena parte de los ciudadanos de este país pierden 1/3 de sus días sentados en sus vehículos. Por favor, piensen cómo sería su vida su tuvieran que levantarse a las 3:30 am y aún así agarrar cola en la Panamericana, o peor aún, destinar entre 4 y 5 horas de su día a sortear la cola.
Seamos sinceros, el problema del tráfico requiere de una solución estructural porque el área de la Gran Caracas necesita, como mínimo, la construcción de 100 kilómetros de vías, acá se incluye la construcción de sistemas perimetrales, la ampliación a cuatro canales de la autopista Francisco Fajardo y la autopista Valle-Coche; la creación de una nueva vía de acceso, desde Hoyo de La Puerta, para los Altos Mirandinos.
Además, es indispensable, para aliviar este infierno, que concluyan la autopista La Verota-Kempis (de 55 kilómetros), que debe unir la Gran Mariscal de Ayacucho con la autopista Regional del Centro.
Señores ministro, diputados y amigos del chavismo, seamos aún más sinceros: El Gobierno no tiene presupuesto para iniciar la construcción de estos corredores viales. Por favor, no se limiten a criticar o simplemente a negar los planes de administración vial, propongan algún tipo de iniciativa que nos saque de este miserable día a día al que nos condena la falta de planificación de políticas públicas.
Los propulsores de los planes de administración vial aseguran que convocarán un referendo consultivo sobre el tema. La propuesta suena factible. En el caso del plan Vía Libre se supone que deberían votar los habitantes del distrito Metropolitano lo que teóricamente sugiere que deben recogerse 338 mil firmas para activar la consulta popular en la que podrían participar 2.250.586 personas.
Sin embargo, me temo que no admitirán esta iniciativa. Probablemente argumentarán que en este referendo deben participar los venezolanos que utilizan las vías de Caracas como paso para trasladarse desde el oriente hasta el centro o viceversa, lo que provocará que sea imposible determinar quiénes pueden o no participar en la consulta.
En el peor de los casos si aprueban el referendo y lo pierden siempre podrán argumentar que el referendo, al ser consultivo, no es vinculante.
Señores ministros, diputados y amigos del chavismo: Sólo quiero formularles una pregunta: ¿Me resigno a una vida miserable?

domingo 1 de marzo de 2009

Google para cuaimas

Y ocurrió lo peor. Después de semanas de probar el Google Latitud en mi Blackberry la aplicación se popularizó y se desvirtuó. Fue durante un almuerzo, lo recuerdo claramente, cuando caí en cuenta de los peligros de la aplicación que permite -si el usuario lo acepta en las opciones generales del programa- indicarle a su lista de contactos su ubicación en el mapa con un rango de error, por lo menos en Caracas, de 500 metros.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, no lo puedo dudar. Al comentar las ventajas de la aplicación -en este punto imagínense a un niño de cinco años que le narra a sus padres lo que puede hacer su nuevo juguete- y fantasear con todas las ventajas del Google Latitud, especialmente en un país tan desordenado como Venezuela, una amiga interrumpió mi fantasía tecnológica con una pregunta aterradora: "¿Y con eso puedo saber en dónde está mi Alejandro?". Lo puede jurar, esa interrogante provocó que pasara de ser un niño de cinco años emocionado, a un hombre de 32 años muy preocupado.
Las risas de los otros comensales se dispararon. Yo preferí guardar silencio. Después de unos segundos de duda tuve que ofrecer una respuesta políticamente correcta: "Si él instala la aplicación y la configura para mostrarte su ubicación, efectivamente puedes saber en dónde se encuentra".
Mi respuesta políticamente correcta generó otra duda aún más aterradora: "¿Y yo puedo saber si mi Alejandro está ocultándome su ubicación?". Las risas del resto de comensales volvieron a estallar. No obstante, mientras otros reían mi preocupación aumentaba, por lo que tuve que ofrecer una respuesta aún más política y aun más correcta: "No lo sé".
Por el tipo de trabajo que desarrollo suelo pasar buena parte de mi jornada laboral, al igual que el resto de mis amigos, fuera de la oficina. En la noche de ese fatídico día me tocó seguir presenciando lo que pueden ser los efectos perversos del Google Latitud en manos inescrupulosas: Otra amiga, fanática de la tecnología, se negaba a aceptar a su jefe en la lista de contactos de Google Latitud, su argumento para rechazar la petición era sencillo: "No quiero que sepa en dónde estoy las 24 horas del día". El argumento del jefe también era sencillo: "Sólo quiero probar el programa". Así transcurrió la velada, sin un punto de acuerdo entre ambos. Ignoro si a la fecha mi amiga logró preservar su privacidad o si vía memo el jefe consiguió su objetivo.
Pasaron los días y preferí guardar silencio sobre la aplicación. En secreto disfrutaba de ella, pero sin comentarla con nadie más y sin agregar a otro amigo, conocido o similar en la lista de contactos para seguir probando el programa. Una mañana, en el cafetín de la universidad, ya no tuve ninguna duda del peligro asociado al Google Latitud. Una alumna se acercó a interrumpir mi primer café de la mañana, su rostro reflejaba la preocupación de alguien que llevaba varias horas sin dormir. Imaginé que el tormento de finalizar el semestre sería el causante. No obstante, su pregunta fue aún más demoledora que la de aquel almuerzo: "¿Profe, usted sabe cómo compruebo si mi novio tiene configurado su Google Latitud para mostrarme que está en una ubicación fija y no en su ubicación real?".
Por unos segundos me volví a quedar sin aliento. Mi respuesta trató de ser totalmente técnica: "En las opciones de privacidad del programa puedes definir tres niveles: Que la ubicación se detecte automáticamente, ocultar tu ubicación o seleccionar manualmente una ubicación".
A medida que daba mi explicación técnica los ojos de mi interlocutora se agrandaban y su cara de preocupación se transformaba en el típico rostro de una mujer enfadada. "Entonces es verdad -interrumpió mi monólogo sobre la necesidad de respetar la privacidad de otras personas- anoche se fue para Sawu y configuró el Blackberry para indicarme que estaba en su casa".
Ignoro si la deducción fue correcta. No obstante, de una cosa sí estoy seguro: los celópatas -tanto hombres como mujeres- acaban de encontrar una nueva razón para "disfrutar" de la vida.
Lo reconozco. Es injusto culpar a Google de los temores que he acumulado en las últimas semanas. Antes que se popularizara el Latitud ya existían una infinidad de programas similares que nunca se popularizaron (en las páginas www.mobnotes.comwww.ipoki.com y http://bdnooz.com/lbsn-location-based-social-networking-links/ hay una muestra de ellos). En el caso del Latitud seguramente ocurrirá lo contrario. No dudo que Google logrará vencer el rechazo a estas aplicaciones y convertirá el Latitud en algo común, como sucede hoy en día con el Facebook para Iphone y Blackberry.
Suelo defender la tecnología, siempre y cuando esté bien empleada. Con la proliferación de los Smartphone los padres pueden tener una herramienta única para verificar en dónde se encuentran sus hijos. Incluso, si la aplicación es aceptada en forma masiva, la potencialidad para desarrollar servicios basados en localización es extremadamente interesante. Incluso podríamos estar ante el nacimiento de una tecnología que nos permitirá usar datos de ubicación desde múltiples aplicaciones, con un concepto similar al que se emplea en la plataforma FireEagle de Yahoo, especialmente si se desea desarrollar grupos de negocios basados en información de localización.
No obstante no dejo de preocuparme en el futuro: Aunque la propuesta para preservar la privacidad del Google Latitud es excelente porque está basada en la decisión del usuario de compartir su localización, no todas las dudas se pueden resolver en las opciones de la aplicación: ¿Cómo preservas tu privacidad si te obligan a usar el programa? ¿Cómo te defiendes de un superior que desea tenerte ubicado las 24 horas del día? ¿Cómo le explicas a una novia, esposa, amante -acá poco importa el título- que no vas a instalar el Latitud?, ¿será suficiente decir que la aplicación consume batería y megas del plan de datos para no sentir que el mundo te está observando?
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